La penumbra
reposa sobre mi columna, avanzando a través de mis tejidos presiona hasta
construir una morada arrulladora en mis huesos. Parece no querer separarse
pronto. Se asume sedentaria, ahí, en los intersticios de mi cuerpo. El curso
del día se entremezcla con sabores agrios que rememoran lágrimas ahogadas,
comprimidas, cavando un hueco en el espacio más yermo y árido de mi pecho. Y
pesan, pero lo sobrellevo con un par de respiraciones ágiles; bocanadas oscilantes
acrisolan mi garganta. Nado en ríos de vigor por segundos, ríos que calan a
través de mi vista y se sienten como un viento primaveral cuyo propósito es
trasladarse por el espacio despeinando pestañas. Representan un impulso, o eso
creo. Porque luego, más tarde, parpadear me lleva a dimensiones lúgubres e
ignotas que parecen rezumar de las dimensiones de mi individualidad. Tardo en
reconocerlas, es posible que quizás nunca llegue a vislumbrar el motivo de su
existencia. Me sé una con las causas, pero están sepultadas de manera
insondable en las fisuras de mi inconsciente. Residen allí, inmutables, pues
sobrevivieron y han sobrevivido todos los minutos que persisto en vida. Para
mí, constituyen un soldado temerario, fornido, impetuoso. Ese adalid se reviste
de una vehemencia que inspira recelo, que entraña reticencia; lo que no logro
discernir es cómo consigue brío si nació en la oscuridad. Sin embargo, la
prueba vive aquí, resuena aquí y se desplaza aquí; se mueve atravesando los
límites de lo que algún día fui y lo que llegaré a ser. ¿Por qué nunca me
abandona?
De esta
manera se desarrollan los días. Agazapada, en un recoveco sofocante de mi
habitación, dirijo mi mirada a todos los ángulos que me anteceden. Olvido cómo
respirar. Sepulto mi cabeza en mis manos, se escapan una o dos lágrimas. Tardo
en admitir que soy yo la que solloza, en mi mente hay más preocupaciones acometiendo
mi estabilidad, diversos procedimientos desarrollándose al tiempo… Entonces lo
concibo, llega a mí como un pensamiento huidizo y perecedero. Me planteo la
posibilidad de que quizás no sea yo la que esté penando. Quizás es alguien más,
alguien que soy yo, pero no el ser que toma parte en mí durante el ahora.
Alguien que estuvo aquí, que ocupó este espacio. Este alguien se tropieza con
la marea de banalidades que surgen dentro de mí, falla en pasar desapercibido,
le descubro porque es un destello que inunda mis sentidos en un pálpito súbito
y fugaz. Desaparece. Luego abre paso a centenares de dudas, exasperantemente
insistentes. No tengo tiempo para eso; tengo tiempo para muchas cosas, pero no
para el eco ensordecedor del cuestionamiento persistente. Avanzo raudamente a
ocupar mi disposición mental en algo más: jugar con mis uñas, observar a través
de la ventana cálidos brotes florales danzando por acción de un vendaval,
respirar profundamente y sentir el calor introduciéndose en mi sistema.
Por lo demás, gran parte de esta aclamada pero tan lacerante existencia me ha sido despojada. Estoy inconsciente la mayor parte del tiempo: a veces por disposición propia, siempre porque nunca he tenido dominio sobre mí. Me fue entregado este cuerpo, esta facultad del pensamiento tan ímproba y desbordante, pero no recuerdo cuántas veces realmente fui yo la que estuvo haciendo uso del compuesto. No recuerdo cuánto de mí he derramado allí, ni siquiera logro acotar qué es lo que soy. Me azota un sentimiento de incertidumbre, mi realidad está desdibujada y me sé impotente, sedienta, desplomada.
En este área cuadrilátera y apresante nadie consigue dar con ningún tipo de certeza alrededor de las cuestiones sustanciales. Nos desenvolvemos con poco oxígeno y por segundos perecemos. ¿Por qué hemos de empecinarnos en el trabajo tan acribillante de aferrarnos a la existencia?
Por: Lizzieu.

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